En mi barrio habanero, esquivamos la basura como quien evade silencios incómodos. Cada mañana al salir de casa, el olor a desperdicios se mezcla con el aroma del pan recién hecho, mientras en un kilómetro —trayecto de ida y vuelta a la escuela— se asoman más de cinco montículos de basura que nadie recoge, convertidos ya en parte del paisaje cotidiano.
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Residuos sólidos en La Habana: El costo invisible de habitar en el descuido
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