Durante años, China mostró al mundo la cara más brillante de la movilidad eléctrica: fábricas gigantes, marcas nuevas, coches cada vez más baratos, baterías más potentes y ciudades donde los motores de combustión empezaron a sonar como una tecnología vieja. La transformación fue tan rápida que cambió el mapa mundial del automóvil. Pero toda revolución tecnológica deja residuos. Y en el caso del coche eléctrico, esos residuos pesan cientos de kilos por vehículo.
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China llenó sus calles de coches eléctricos y ahora empieza la parte más difícil de la revolución verde. Para 2030 tendrá que gestionar más de un millón de toneladas de baterías usadas cada año
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