Tokio es una de las ciudades más limpias del mundo, pero casi no tiene cestos de basura en sus calles. Lo que parece una paradoja tiene una explicación histórica precisa: tras el atentado con gas sarín en el metro en 1995, las autoridades retiraron la mayoría de los recipientes públicos para evitar que fueran usados como puntos de ataque. Desde entonces, cada ciudadano carga con sus propios residuos hasta su hogar, una norma tácita que convirtió la responsabilidad individual en el pilar de la limpieza urbana.
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Cómo Tokio logró una limpieza urbana casi perfecta y qué exige a sus habitantes
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